Mi Museo de las Relaciones Rotas

Hay recuerdos que se empeñan en volver, aunque ya no los
necesitemos ni los queramos. No hay forma de eliminarlos y, lo que es peor,
sabemos que hasta que no desaparezcan no podremos empezar de cero, limpiarnos,
reconducirnos. Recuerdos de acciones pasadas en las que bien pudimos ser
víctimas y, otras, en las que actuamos como verdugos sin escrúpulos. Pequeños actos terroristas
con el que alimentamos el ridículo de nuestras vidas.
Mi relación con Ella era puro deseo. De él comenzó nuestra
relación y con él fue creciendo. Lo alimentamos todo un verano en la habitación
del piso que compartía. Nos entregamos uno al otro con la excusa del vacío de las calles de Salamanca en verano. Sabedores de que sólo quedábamos en la ciudad los que
habíamos dejado colgadas asignaturas pendientes. Un verano en los que nuestros
cuerpos eran los únicos apuntes que estudiar sin descanso. Dos meses donde sólo
nos separamos días antes del examen final. Nos declaramos en tregua como quien deja
el tabaco sabiendo que no va a cumplir su palabra, con prisas por recaer. Y
recaímos.
Recaímos con más fuerza si cabe. Y eso es lo que recuerdo,
como también recuerdo con culpabilidad la mudanza. Aprobar el examen le daba
una plaza de investigadora en la universidad de Barcelona. Quería vivir sola y
construir una intimidad sin espectadores en un lugar con mar. Recogimos todas cosas
en una tarde, embalamos todo y cargamos el maletero del coche que habíamos alquilado.
Libros, apuntes, ropa, un equipo de música, sus discos de Ray Charles y una Barbie Destellos Mágicos fueron todo su equipaje.
Llegamos a Barcelona listos a consumir preferentemente un deseo que tenía
fecha de caducidad. Nos quedaban apenas cuarenta y ocho horas que compartir. Las apuramos al máximo. Ella comenzaba su nueva etapa y yo tenía que regresar a
Salamanca. La última vez que estuvimos juntos fue cuando la dejé en la puerta
de su nueva facultad, vestida con una sonrisa en la cara y una tristeza desnuda en la
mirada que era la crónica de una despedida anunciada. A ninguno nos gustaban las despedidas, así que
no hicimos un drama. Habíamos sido honestos el uno con el otro, no
teníamos nada que reprocharnos ni necesidad de engañarnos con falsas promesas. Nos
dijimos hasta siempre con un beso y nos abrazamos como si deshinchásemos una colchoneta, hasta dejarnos sin aire.
Al dejarla no pude volver de inmediato a Salamanca. Cuando estaba a punto de salir de Barcelona y enfilar la A2, cambié el sentido y volví a su casa.
Me había llevado conmigo su segundo juego de llaves. Tenía que regresar para devolvérselas. Al entrar en su casa, mis pasos resonaban en las paredes con el eco que tienen las casas que deben esperar a
llenarse con la vida de sus habitantes. Todavía quedaban cajas por deshacer.
Sólo estaban fuera el equipo de música y su Barbie. Me despedí de su vida recién nacida y quise esfumarme lo antes que pude. Dejé las llaves. y salí por
la puerta aferrado a la mano de su muñeca que, desde entonces, vive conmigo.
Aún hoy, son muchas las noches en las que me sigo despertando
sobresaltado después de soñar que Ella ha venido a reclamar su Barbie Destellos Mágicos. Son muchas las
muñecas que, veinte años después, adornan los estantes de mi Museo de las Relaciones Rotas. Desde
entonces, robarle los juguetes de su infancia a mis parejas se convirtió en
costumbre. Son robos menores que siempre he negado y que, tras cometerlos,
han seguido de mi desaparición de sus vidas. Mi museo está poblado de varios
cadáveres de plástico que me recuerdan cada uno de mis pequeños crímenes
sentimentales. Tengo en mi salón, como única compañía fiel, una exposición retrospectiva de la que soy su única vista.
Mi Museo de las Relaciones Rotas
Reviewed by Ignacio Bellido
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22:13
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